Credo
El gran espíritu que atraviesa invisible todo y en nada de este mundo humano queda atrapado, en ese Gran Espíritu creo.
No es un dogma; es la certeza de que hay algo que está más allá de lo descrito, de lo descifrable.
No es corruptible, no es codificable. Lo llamo Gran Espíritu para darle un nombre que no suena a cruz, espada y sangre, ni a humanos sacrificando corderos, temerosos y vanidosos, creyéndose los elegidos.
Llamo Gran Espíritu a lo que es naturaleza, Madre Tierra, sol y estrellas lejanas. Le doy un nombre, un nombre que me agrada. Un nombre que no me suena a libro impuesto, sino a silencio sagrado.
El Gran Espíritu es el gran indiferente. Nada le importa que lo adoren o en él crean; no tiene mandamientos, no tiene pecados, no tiene justos, no tiene sacrificados.
Es Espíritu y, a la vez, montaña y río, pájaros, fieras, carne y sangre de gente por este mundo andando.
Es tiempo infinito. No hay manera de dañarlo y no causa daño. No le sirven ni ángeles ni demonios, ni pide postrados en su nombre, ni pide asesinados en su nombre.
Nunca el poder humano podrá mancillarlo, nunca la historia humana le hará perder un instante de equilibrio.
Me da consuelo saber que todo desaparecerá, que todas las torres que se hayan construido caerán y todo volverá a surgir y el Gran Espíritu seguirá perenne; me da consuelo la certeza que la Madre Tierra es por el Gran Espíritu contenida; por eso, estos seres necios que la habitan serán todos cenizas antes que ella.
Como una niña se consuela con un dulce, todas mis penas, todas mis dudas, toda la confusión que me causa vivir en esta caverna, se endulza en esta certeza:
¡No tenemos el poder de dañar nada de lo que el Gran Espíritu es y la Tierra es Espíritu!

Comentarios
Publicar un comentario